EL VALOR DE LA CREACIÓN
Las primeras páginas de la Torá guardan una incomodidad que casi siempre pasamos por alto. Dios crea un mundo bueno y pone al ser humano en medio de él, con tierra, alimento, compañía y una cercanía sin distancia. Nada falta. Y sin embargo, en pleno jardín, se alza un límite: «del árbol del conocimiento del bien y del mal no comerás» (Génesis 2:17, NBLA).
¿Para qué? Si Dios quería al hombre y a la mujer cerca de Sí, ¿por qué dejar a su alcance una posibilidad que podían escoger contra Su voluntad?
Una respuesta posible es que la cercanía que Dios busca no puede ser automática. Para que exista una respuesta auténtica tiene que existir la posibilidad de no responder, y cuando alguien se acerca a Dios pudiendo tomar otro camino, esa decisión pesa de una manera que ninguna obediencia programada alcanzaría.
Una criatura que puede responder
Los sabios de Israel han pensado mucho sobre la libertad humana. La bejirá jofshit, la capacidad de elegir, no significa controlar lo que ocurre a nuestro alrededor. Significa algo más concreto y más exigente: dentro de las circunstancias que nos tocan, respondemos por la dirección que damos a nuestra voluntad.
Una enseñanza rabínica sobre el propósito de la creación lleva la idea más lejos. Dios no hizo al ser humano para que fuera un simple receptor de Su bien; lo hizo para que tomara parte en él con plena conciencia. La elección convierte la vida moral en un proceso de formación: cada decisión deja huella, y las huellas, con los años, terminan siendo carácter.
Leído así, el jardín cambia. El mandamiento dado a Adán era una prohibición, pero también una oportunidad de responder. Dios podía decir «haz esto»; la decisión final quedaba en manos del hombre.
Javá frente a una posibilidad
Durante siglos, Eva ha quedado reducida a una figura demasiado simple: la mujer que tomó el fruto y provocó la caída. El relato permite mirar más despacio. Javá observa el árbol y ve que el fruto es bueno para comer, agradable a los ojos y deseable para alcanzar sabiduría; toma, come, y da también a su marido, que estaba con ella (Génesis 3:6).
La Torá no presenta esa decisión como acertada. Las consecuencias son reales y dolorosas, y no hay modo honesto de suavizarlas: se pierde el jardín, y entran el trabajo, el dolor y la muerte. Aun así, los sabios se han preguntado qué había detrás de aquel deseo. Una lectura posterior, de raíz cabalística, relaciona la búsqueda de Javá con Biná, el entendimiento, y ve en ella el despertar de una conciencia que ya no contempla la realidad desde fuera, sino que tiene que enfrentarla con el peso de sus propias decisiones.
Génesis no dice que Javá tomara el fruto en busca de formación espiritual; esa es una interpretación tardía. Lo que el relato sí permite es una pregunta que toca su centro: ¿qué significa ser verdaderamente libre delante de Dios?
Quien nunca puede elegir no es libre; sigue un mecanismo. El ser humano puede oír una voz y apartarse de ella, o sentir un deseo y dominarlo; puede equivocarse, y entonces tiene que responder por ello. Ahí empieza la responsabilidad. El error no es un método de formación, porque nadie crece por el camino de la falta, pero cuando ocurre puede convertirse en punto de partida para volver.
El esfuerzo tiene un valor
Los sabios hablan del nehamá dekisufá, el «pan de la vergüenza»: recibir un bien sin haber puesto nada de uno mismo deja una sensación de dependencia que merma la dignidad de quien lo recibe. No se trata de que recibir sea malo, porque la vida misma es regalo. Lo que cambia es la participación. Quien recibe un bien después de esforzarse y decidir, de atravesar obstáculos que fueron haciéndolo capaz, conoce una satisfacción que nace de haber tomado parte.
La enseñanza sobre el propósito de la creación une ambas ideas: el esfuerzo moral permite que la persona participe de lo que recibe, y en ese proceso se forma espiritualmente.
Eso ilumina una pregunta frecuente en nuestra relación con Dios: ¿por qué no nos transforma sin más, con Su poder? Porque la meta incluye algo más que transformarnos: enseñarnos a escoger. Dios puede abrir una puerta; cruzarla nos toca a nosotros. Puede mostrarnos el bien, y la respuesta tiene que nacer de nuestra voluntad. Cuando la damos, aunque sea con pasos pequeños y torpes, tomamos parte en nuestra propia formación.
Después del jardín
La historia no termina con el fruto. Adán y Javá salen del jardín y el mundo cambia: el suelo se resiste, el parto duele, y muy pronto un hermano levantará la mano contra otro. Con Caín y Abel se verá lo que ocurre cuando una persona no gobierna lo que lleva dentro. Antes de salir, sin embargo, sucede algo asombroso. Todavía bajo la sentencia, Adán llama a su mujer Javá, porque ella sería «madre de todos los vivientes» (Génesis 3:20). El nombre nace en plena ruptura y habla de vida. Una enseñanza sobre Javá ve en ese gesto una señal de continuidad: ella queda unida al futuro, a la transmisión de la vida y a la posibilidad de levantar algo más allá de lo perdido en el Edén. Quedémonos con esa imagen. La caída no define al ser humano; lo define la respuesta que da a ella. Puede esconderse entre los árboles, como hicieron ellos, y culpar a otro, como también hicieron; o puede aprender a volver. La historia bíblica regresará a esa posibilidad una y otra vez. Elegir cambia a quien elige Mucho más adelante, Moshé dirá al pueblo: «He puesto delante de ti la vida y la muerte, la bendición y la maldición. Escoge, pues, la vida» (Deuteronomio 30:19, NBLA). La frase tiene una fuerza extraordinaria porque no plantea una teoría, sino una decisión. La vida está delante, y alguien tiene que escoger.
Cada elección deja algo en nosotros. Quien decide una y otra vez actuar con bondad se va inclinando hacia ella, y quien aprende a contener su ira desarrolla una capacidad que antes no tenía. Incluso el regreso tras una caída, si se sostiene, acaba formando parte de la imagen de Dios.
Bereshit declara que el ser humano fue creado a imagen de Dios (Génesis 1:27). Esa afirmación ocupa un lugar central en el pensamiento judío, y una enseñanza rabínica la une a la posibilidad de imitar los atributos divinos con nuestras acciones: la misericordia y la justicia dejan de ser conceptos abstractos cuando alguien decide practicarlas.
Ser creado a imagen de Dios no es ser Dios; es llevar dentro la capacidad de reflejar algo de Él, y esa capacidad se muestra sobre todo cuando elegimos. Nadie necesita libertad para hacer lo que no puede dejar de hacer. La libertad cobra sentido cuando algo nos pide un sí y algo nos tira hacia otro lado: sabemos que cierto deseo nos daña y lo sentimos igual; podríamos responder desde el orgullo y escogemos la humildad. Ahí se forma el carácter, casi nunca en las grandes declaraciones, casi siempre en decisiones que nadie ve.
Desde una perspectiva mesiánica, esta comprensión de Bereshit gana otra hondura. Yeshúa aparece en las Escrituras como alguien cuya vida está marcada por una obediencia consciente al Padre. Su camino no anula la voluntad humana ni convierte al discípulo en receptor pasivo: llama a seguirlo, a permanecer en Su palabra y a aprender obedeciendo.
Si volvemos al comienzo, el problema del jardín no era la falta de información, porque el mandamiento estaba dado. Lo que estaba en juego era qué haría el ser humano con él. En Getsemaní, Yeshúa ora: «Padre Mío, si es posible, que pase de Mí esta copa; pero no sea como Yo quiero, sino como Tú» (Mateo 26:39, NBLA). Allí donde la voluntad podía inclinarse hacia otro camino, permanece orientada al Padre.
Por eso seguir a Yeshúa no se reduce a recibir lo que Él ha hecho por nosotros, que es mucho; también es aprender de Su manera de vivir delante de Dios. A nosotros nos toca una respuesta, y vale precisamente porque es voluntaria.
Javá y la decisión que nos queda
Al volver a la escena del jardín, todavía se siente el peso de aquella decisión, y no hay por qué aligerarlo: el pecado tiene consecuencias y la Torá no las oculta. Tampoco hace falta reducir toda la historia a una advertencia sobre el fracaso de una mujer; Adán estaba allí, y comió. Javá nos pone ante algo que acompaña a la humanidad desde el comienzo: somos criaturas capaces de elegir. Esa libertad puede alejarnos de Dios y también acercarnos a Él.
Cada vez que escogemos el bien sin que nadie nos obligue, o que tras una caída decidimos levantarnos y volver, ejercemos esa capacidad. Dios no se queda en el resultado: mira el corazón que lo intenta. Ese esfuerzo cuenta, porque acercarse a Él no consiste únicamente en llegar a un destino; es aprender, elección tras elección, a volver el corazón hacia Él. Bereshit comienza con una criatura que recibe. La historia continúa con una criatura que responde, y en esa respuesta libre empieza una relación mucho más honda.
Pausa para el alma
Hoy también hay una elección delante de nosotros. No necesariamente espectacular: puede ser algo pequeño que solo Dios y nosotros conocemos. Tal vez sea el momento de callar, o de hablar, de pedir perdón, de obedecer algo que hemos postergado.
No sabemos qué producirá mañana esa decisión. Pero podemos dar el paso de hoy.
Padre, ayúdame a reconocer las decisiones que tengo delante y a escoger aquello que me acerque a Ti. Cuando me falte fuerza, enséñame a intentarlo nuevamente. Recibe mi esfuerzo, aun cuando sea imperfecto, y úsalo para formar en mí un corazón cada vez más dispuesto a caminar contigo. Amén.