KI TETZÉ
La Parashá Ki Tetzé conecta perfectamente con lo que hemos venido estudiando en Shoftim, especialmente en temas de justicia, responsabilidad, dominio propio y vida cotidiana. Contiene 74 mandamientos: 27 positivos y 47 negativos, siendo la parashá con mayor número de mitzvot.
A primera vista encontramos leyes muy diferentes: guerra, familia, matrimonio, sexualidad, objetos perdidos, préstamos, deudas, salarios, pobreza, justicia y relaciones con el prójimo. Sin embargo, todas tienen algo en común: la Torá nos enseña cómo debemos comportarnos en las situaciones reales de la vida cotidiana.
Ki Tetzé comienza con las leyes relacionadas con la guerra. Incluso en medio del conflicto Israel debía actuar con límites y responsabilidad. Luego aparecen leyes sobre la familia, el matrimonio, los hijos y las relaciones personales, recordándonos que los sentimientos y deseos humanos no deben llevarnos a cometer injusticias.
“No es mío” no significa “no es mi responsabilidad”: La Torá también enseña a devolver lo perdido y ayudar cuando vemos que alguien está en dificultad. Si encontramos algo que pertenece a otra persona, no podemos simplemente decir: “No es mío”. Si vemos que el animal de nuestro hermano ha caído o está en problemas, debemos ayudar. Esto nos lleva a una pregunta muy sencilla, pero profunda: ¿Qué hacemos cuando nadie nos está mirando? Ej: Podríamos encontrar un celular en el colegio y nadie saber que lo tenemos. Podríamos quedarnos con algo que no nos pertenece. La Torá nos enseña que nuestra conducta no depende solamente de lo que las personas pueden ver. El Eterno conoce nuestro corazón.
Diversas leyes: La parashá también habla de la responsabilidad de proteger la vida, como cuando ordena construir una baranda alrededor del techo para evitar que alguien caiga. La santidad también significa prevenir el daño y preocuparnos por la seguridad de los demás. Encontramos además leyes relacionadas con el matrimonio, la sexualidad, la fidelidad y el divorcio. La Torá establece límites porque el deseo humano, cuando no tiene dirección, puede destruir relaciones, familias y personas. Desde la perspectiva hebrea, la santidad también consiste en aprender a gobernar nuestros deseos.
Podemos sentir enojo y decidir no insultar; sentir celos y decidir no hacer daño; querer algo que pertenece a otro y decidir no tomarlo; sentir presión de nuestros amigos y aun así hacer lo correcto. Eso es dominio propio. Una persona fuerte no es solamente aquella que puede vencer a los demás; es aquella que aprende a gobernarse a sí misma. Esto continúa perfectamente con lo que aprendimos en Shoftim: antes de gobernar a otros debemos aprender a gobernarnos delante del Eterno. La parashá también recuerda que la presencia del Eterno debe influir en nuestra conducta:
“El Eterno tu Dios anda en medio de tu campamento.” (Devarim 23:14) Si sabemos que Él está en medio de nosotros, nuestra manera de vivir debe reflejarlo. Por eso, la santidad no puede limitarse al lugar de oración o a los momentos espirituales. Debe alcanzar nuestra familia, nuestro trabajo, nuestros negocios, nuestras conversaciones y nuestras decisiones diarias. Ki Tetzé también enseña sobre los votos. Cuando una persona promete algo delante del Eterno, debe cumplir su palabra. No debemos prometer fácilmente para después buscar excusas para no cumplir. Nuestra palabra revela mucho de nuestro corazón.
La Torá dedica especial atención al trabajador, al pobre, al extranjero, al huérfano, a la viuda y al deudor. El salario del trabajador debía pagarse a tiempo. Las deudas no debían convertirse en una oportunidad para humillar. Incluso cuando una persona tenía un derecho legítimo sobre otra, debía actuar con misericordia. Israel debía recordar que también había sido extranjero y esclavo en Egipto.
La justicia no consiste solamente en castigar al malvado; también consiste en no aprovecharse del vulnerable.
Por eso, cuando Israel recibía una cosecha abundante, debía dejar parte de ella para el extranjero, el huérfano y la viuda. La prosperidad nunca debía convertirse en egoísmo. Lo que recibimos del Eterno también debe convertirse en bendición para otros.
La Torá establece igualmente la honestidad en los negocios y prohíbe las pesas y medidas falsas. Esto nos enseña que la justicia no pertenece solamente a los tribunales. Debe estar presente en el mercado, en el trabajo, en el hogar y en cada relación.
Finalmente, la parashá recuerda a Amalec, que atacó a los débiles y cansados cuando Israel salió de Egipto. Israel debía mantener viva esa memoria para no olvidar que existe una forma de maldad que aprovecha la debilidad del otro.
HAFTARÁ
Pacto perpetuo de paz: Isaias presenta un mensaje de restauración, esperanza y fidelidad del Eterno después de un tiempo de dolor y aparente abandono.
Yeshayah comienza hablando a una mujer estéril que debe alegrarse porque tendrá más hijos que la que parecía tenerlo todo. La imagen representa a Israel: un pueblo que pasó por aflicción, pero cuya historia no termina en el abandono. El Eterno le dice que ensanchará su tienda, que no debe tener miedo y que se prepare para una nueva etapa de crecimiento.
“Tu Hacedor es tu esposo”: Después aparece una frase muy profunda: “Tu Hacedor es tu esposo”. Israel había experimentado vergüenza y dolor, pero el Eterno no había dejado de ser fiel. Aunque por un tiempo pareció esconder su rostro, su misericordia permanece. El pasaje compara el momento de disciplina con los días de Noaj. Así como el Eterno estableció un pacto con Noaj y prometió que las aguas no volverían a cubrir la tierra, ahora promete que Su misericordia y Su pacto con Israel permanecerán. La enseñanza no es que nunca atravesaremos momentos difíciles. El texto reconoce el dolor, la vergüenza y la sensación de abandono. Pero afirma que el dolor no tiene la última palabra.
Hay una progresión muy hermosa: Aflicción → esperanza → restauración → expansión → pacto → misericordia.
Yeshayah 54:1–10 nos invita a preguntarnos: ¿Estoy interpretando mi presente como si fuera el final de mi historia?
A veces una etapa difícil puede hacernos pensar que el Eterno se ha olvidado de nosotros. Pero este pasaje nos recuerda que el silencio de Dios no significa ausencia y la disciplina no significa rechazo definitivo. “Aunque los montes se muevan y las colinas tiemblen, no se apartará de ti mi misericordia, ni el pacto de mi paz se quebrantará.” (v.10). Nuestra seguridad no descansa en que las circunstancias permanezcan firmes. Descansa en la fidelidad del Eterno.
BRIT HADASHÁ
Mateo presenta una enseñanza profunda de Yeshúa sobre el matrimonio, el divorcio y la dureza del corazón. Yeshúa responde a una discusión que existía en su tiempo sobre Devarim 24:1: si un hombre podía divorciarse de su esposa “por cualquier causa”. Yeshúa no comienza con Devarim 24, sino con Bereshit, recuerda que desde el principio el Eterno creó “varón y hembra” y estableció que los dos serían “una sola carne” (Bereshit 1:27; 2:24). Por eso declara: “Lo que Dios juntó, no lo separe el hombre” (Mateo 19:6). Cuando le preguntan por qué Moshé permitió el divorcio, Yeshúa responde: “Por la dureza de vuestro corazón” (19:8). Esto no significa que la Torá fuera incorrecta. Significa que Devarim 24 regula una situación que existe debido al pecado humano; pero el divorcio nunca fue presentado como el propósito original del Eterno para el matrimonio.
Yeshúa lleva la discusión más profundamente: el problema no está solamente en la acción externa, sino en el corazón. Un matrimonio puede romperse mucho antes de la separación física cuando aparecen egoísmo, infidelidad, dureza, falta de perdón o ausencia de dominio propio. Cuando menciona la inmoralidad sexual, Yeshúa muestra que la infidelidad ataca directamente la fidelidad del pacto matrimonial. El matrimonio, desde la perspectiva hebrea, no es solamente un contrato ni una relación sentimental; es una unión de vida y responsabilidad delante del Eterno. Finalmente, Yeshúa habla de quienes permanecen solteros por diferentes circunstancias o por causa del Reino. Esto muestra que el valor de una persona no depende de estar casada, sino de vivir fielmente delante del Eterno. Yeshúa no está anulando la Torá; está llevando la discusión hacia su intención original. No debemos preguntarnos solamente: “¿Qué me permite hacer la Torá?”, sino: “¿Cuál es el propósito del Eterno para mi vida y mis relaciones?”. La verdadera obediencia no consiste en buscar hasta dónde puedo llegar sin pecar, sino en aprender a vivir conforme al corazón y al propósito del Eterno.