CENTRADOS EN LA SANTIDAD
Esta semana estudiaremos 2 Parashot “Ajarei Mot y Kedoshim” las cuales se centran en la santidad y el amor al prójimo.
Las parashot en esta ocasión nos hablan temas como: el servicio de Yom Kipur y detalles sobre el servicio, la expiación de dos machos cabríos, el ritual de “las suertes”, leyes sobre la pureza del acto sexual, la prohibición de la adivinación, prohibición de copiar costumbres de pueblos paganos, para que no se contaminen, normas como respeto a las personas, la relación con nuestros semejantes. E juzgar a alguien, debe ser juzgarlo con justicia, juzgar al prójimo para bien, la idolatría y la santidad, entre otras.
El día de la expiación (Yom Kipur): La parashá describe el servicio de Yom Kipur, incluyendo la entrada del sumo sacerdote al lugar más sagrado con ofrendas específicas. Se presentan los dos machos cabríos, uno ofrecido y otro enviado al desierto, se establecen leyes sobre el uso de la sangre y la prohibición de consumirla, y finalmente se enumeran relaciones sexuales prohibidas junto con la advertencia de no imitar las prácticas de Egipto y Canaán. Este conjunto de leyes se sitúa después de la muerte de los hijos de Aharón, lo que imprime al texto un tono de reverencia y cautela. Los sabios del judaísmo interpretan este contexto como una enseñanza fundamental: el acercamiento a lo sagrado requiere disciplina, límites y una preparación adecuada. La interpretación rabínica, reflejada en el Talmud, especialmente en el tratado Yoma, enfatiza que el servicio de Yom Kipur no es un acto mágico, sino un proceso espiritual profundo. El sumo sacerdote no actúa solo como oficiante, sino como representante de todo el pueblo en un proceso de arrepentimiento colectivo. Sus cambios de vestimenta, al sustituir ropas ornamentadas por prendas sencillas de lino, simbolizan humildad y pureza, recordando que el acceso a lo divino exige despojarse del orgullo. El ritual de los dos machos cabríos recibe especial atención en la tradición rabínica. Rashi explica que ambos debían ser similares en apariencia, valor y tamaño, subrayando que representan dos destinos posibles surgidos de una misma realidad. El sorteo expresa la idea de providencia divina. El chivo enviado al desierto (Azazel) no constituye una ofrenda a otra entidad, sino una representación simbólica de la eliminación del pecado. Desde una perspectiva más racionalista, Maimónides interpreta este acto como un recurso pedagógico y psicológico que ayuda a las personas a visualizar el abandono de sus faltas y fomenta un arrepentimiento sincero.
La parashá Kedoshim abre con una declaración que define todo lo que sigue: “Sed santos, porque Yo soy santo”. En hebreo, “kedoshim” no implica perfección inalcanzable, sino separación con propósito. La santidad no es retirarse del mundo, sino vivir dentro de él con una conciencia distinta, donde cada acción cotidiana refleja un orden más alto.
A diferencia de Ajarei Mot, que se centra en límites y acceso a lo sagrado, Kedoshim lleva esa santidad al terreno práctico. No está enfocada en el santuario, sino en la vida diaria: cómo se trata a los padres, al trabajador, al extranjero, al pobre. Esto enseña que lo sagrado no está reservado a momentos especiales, sino que se construye en lo ordinario. La relación con HaShem se mide en la forma en que se trata a otras personas. Uno de los ejes más fuertes es la justicia social. Se ordena dejar parte de la cosecha para los necesitados, no robar, no engañar, no retener el salario. Estas no son solo normas éticas, sino expresiones de una visión del mundo donde todo pertenece, en última instancia, a HaShem. El ser humano es un administrador, no un dueño absoluto. Por eso la generosidad y la honestidad no son opcionales, sino parte de vivir en sintonía con esa verdad. En un plano más interno, Kedoshim puede leerse como una invitación a integrar todas las dimensiones de la vida. La santidad no está en escapar del mundo, sino en elevarlo. Cada interacción, cada decisión económica, cada palabra, se convierte en un espacio donde lo humano y lo divino se encuentran. Así, Kedoshim complementa a Ajarei Mot. Si la primera enseña que acercarse a lo sagrado requiere límites y conciencia, la segunda enseña que ese encuentro debe transformar la manera en que se vive. La santidad deja de ser un momento y se convierte en una forma de existencia, donde la justicia, la honestidad y el respeto no son ideales, sino expresiones concretas de una vida alineada con lo divino.
HAFTARÁ
Un grupo de ancianos busca respuesta divina, pero HaShem revela que el problema no es falta de información, sino falta de fidelidad. En lugar de responder directamente, hace memoria de la historia de Israel para mostrar un patrón: Dios elige, libera y guía; el pueblo responde con rebeldía. Desde Egipto, HaShem se da a conocer y llama a dejar la idolatría. Sin embargo, Israel no abandona sus prácticas. Aun así, HaShem actúa por el honor de Su Nombre, no por el mérito del pueblo. Los saca de la esclavitud y les da Sus leyes (Torá) y el Shabat como señal de relación: un recordatorio de que la vida viene de Él y depende de Él. Pero incluso en el desierto, el pueblo rechaza esas enseñanzas. La rebeldía no es solo externa (ídolos), sino interna: desobedecer los mandamientos que dan vida. El Shabat, que debía ser señal de identidad y confianza, es profanado. HaShem considera juzgarlos, pero nuevamente contiene Su ira por fidelidad a Su Nombre. La enseñanza central es clara: la relación con HaShem, no se sostiene por tradición o consulta externa, sino por obediencia genuina. Las generaciones repiten errores porque no transforman el corazón. Finalmente, HaShem llama a una nueva generación a no seguir los caminos de sus padres, sino a vivir según Sus leyes y guardar el Shabat como señal viva de que Él es su Dios.
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La enseñanza se centra en una deuda que nunca se termina de pagar: el amor al prójimo. Este amor no es abstracto, sino una forma de vida que se expresa en acciones concretas conforme a la Torá.
Los mandamientos que regulan la relación entre las personas (no adulterar, no matar, no robar, no codiciar) no son normas aisladas, sino caminos para preservar la vida, la justicia y la dignidad del otro. Todos ellos se concentran en el principio de “amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Levítico 19:18), que resume la responsabilidad ética dentro de la sociedad y la comunidad.
Amar, entonces, significa no causar daño y actuar buscando el bienestar del otro. De esta manera, quien vive en ese amor está viviendo la esencia de la instrucción divina. El amor al prójimo es la síntesis práctica de la vida según la Torá: una conducta activa que protege, respeta y edifica al otro.