DE GENERACIÓN EN GENERACIÓN
Transmitida de generación en generación, pero aún desafiante de comprender, esta es una Parashá donde se manifiesta la más bella declaración de amor de nuestro Abba. El nombre Yitró posee varios significados según la interpretación. Entre los más comunes están “Excelencia” o “Abundancia”, derivados de la raíz hebrea Y-T-R, que significa “añadir” o “exceder”. También se entiende como “suponiendo que tiene mérito”, ya que Yitró fue un hombre sabio y distinguido, sacerdote de Midián, que más tarde se convirtió al judaísmo. El Talmud (Yevamot 47b) lo presenta como un ejemplo sobresaliente de conversión sincera, demostrando que incluso los gentiles pueden unirse a la fe de la Torá mediante el reconocimiento de la divinidad y unicidad de Hashem.
Yitró, suegro de Moshé, escucha todo lo que Hashem había hecho por Israel, especialmente la salida de Egipto y la victoria contra Amalek. Impresionado por estos milagros, va al encuentro de Moshé, quien le relata los acontecimientos. Yitró alaba a Hashem y ofrece sacrificios, acompañado por Aarón y los ancianos de Israel. Al observar que Moshé juzgaba solo todas las disputas del pueblo desde la mañana hasta la noche, Yitró le advierte que esa carga es excesiva y perjudicial tanto para él como para el pueblo. Le aconseja delegar responsabilidades en hombres capaces, organizando jueces en distintos niveles (miles, cientos, cincuentas y decenas), mientras Moshé se encarga solo de los casos más importantes y de enseñar las leyes de Elohim. Moshé acepta el consejo y establece este sistema judicial.
En el tercer mes después de la salida de Egipto, los hijos de Israel llegan al Desierto del Sinaí y acampan frente al monte. Hashem ordena poner límites alrededor del monte y santificarlo, es decir, separarlo y aislarlo. En hebreo, santificar (lekadesh) proviene de la raíz kadosh, que implica separación, y de allí el nombre Hakadosh Baruj Hu, “el Santo, Bendito es”, cuya esencia está separada de la existencia física. El tercer día ocurre una manifestación divina imponente: truenos, relámpagos, una nube espesa, el sonido creciente del shofar y el monte cubierto de humo mientras Hashem desciende en fuego. El pueblo tiembla ante la presencia divina, y Moshé actúa como intermediario entre Hashem e Israel. Hashem promete hacer de Israel un reino de sacerdotes y una nación santa, estableciendo un pacto basado en la obediencia a Su voz. Finalmente, Hashem revela los Diez Mandamientos (Aséret Hadibrot), principios fundamentales de la Torá, que comienzan con la declaración: “Yo soy Hashem, tu Elohim, que te saqué de la tierra de Egipto”. Estos mandamientos establecen las bases morales y espirituales de la vida del pueblo, regulando tanto la relación con Hashem como las relaciones interpersonales.
La creencia en un solo Hashem, la observancia del Shabat y los preceptos éticos como honrar a los padres, no matar, no robar ni mentir, son esenciales para una sociedad justa y armoniosa. Los Diez Mandamientos forman parte central del pacto entre Hashem e Israel. Al cumplirlos, tanto judíos como creyentes en Yeshua HaMashíaj demuestran lealtad a Hashem y compromiso con Su Torá, fortaleciendo su identidad y sentido de pertenencia. Cada mandamiento posee una dimensión ética y espiritual que trasciende lo social, y su observancia es vista como un camino hacia una vida plena y hacia la santidad en la relación con Hashem y con los demás.
Reflexión: La parashá Yitró enseña que la Torá se recibe primero con un corazón dispuesto a escuchar y actuar. Yitró, un sabio de las naciones, oyó lo que HaShem había hecho por Israel y decidió acercarse, mostrando que la verdadera sabiduría no está solo en oír, sino en responder con humildad. Nuestros sabios destacan que su consejo a Moshé revela que incluso el líder más grande necesita aprender, porque la Torá no se sostiene sobre el orgullo, sino sobre la humildad y el orden.
HAFTARÁ
En el año en que murió el rey Uzías, Yeshayah tiene una visión que revela una verdad eterna: aunque los tronos humanos fallen, el trono de Hashem permanece firme. Él ve al Adón sentado en un trono alto y sublime, rodeado de serafines que proclaman sin cesar: “Kadosh, Kadosh, Kadosh es Hashem Tzevaot”. Esta triple proclamación expresa la santidad absoluta de Hashem, una santidad que en el pensamiento hebreo significa separación total y perfección divina. Ante esta revelación, Isaías reconoce su condición y la del pueblo, confesando que es un hombre de labios impuros. El encuentro con la santidad de Hashem no exalta al ser humano, sino que lo confronta y lo lleva al arrepentimiento.
Entonces un serafín toma un carbón del altar y toca sus labios, mostrando que la purificación proviene de la gracia de Hashem y no del esfuerzo humano. Luego Hashem pregunta: “¿A quién enviaré?”. Isaías responde con un “Hinéni”, una expresión que en hebreo significa disponibilidad total y compromiso sincero. El llamado nace de un corazón transformado. Aunque el mensaje que debe anunciar es difícil y muchos no lo escucharán, Hashem afirma que siempre habrá un remanente fiel, una simiente santa que permanece viva aun después del juicio. Este pasaje nos enseña que Hashem reina por encima de toda circunstancia, que Su santidad restaura, y que la obediencia verdadera surge del amor y de una respuesta dispuesta a decir: “Hinéni”.
BRIT HADASHÁ
En tiempos de Yeshúa coexistían varias corrientes judías: fariseos, saduceos, esenios, etc. Los fariseos eran especialmente influyentes en la vida cotidiana porque desarrollaron lo que hoy se conoce como: Torá Escrita (Torá Shebikhtav). Torá Oral (Torá Shebe‘al Peh) La Torá Oral buscaba “hacer un cerco alrededor de la Torá” (Pirkei Avot 1:1), es decir, proteger la Ley mediante interpretaciones y prácticas adicionales.
En Mateo 15:1-20 Yeshúa no está rechazando la Torá ni atacando al judaísmo, sino participando en un debate halájico propio del judaísmo del Segundo Templo. El conflicto no gira en torno a mandamientos bíblicos, sino a la “tradición de los ancianos”, específicamente el lavado ritual de manos antes de comer pan, una práctica que no aparece como mandato explícito en la Torá. Yeshúa cuestiona qué ocurre cuando una tradición humana adquiere más peso que el mandamiento divino. Para demostrarlo, presenta el caso del corbán, una práctica mediante la cual una persona podía declarar sus bienes consagrados a HaShem y así evadir la obligación bíblica de honrar y cuidar a sus padres. Con esto, Yeshúa establece un principio fundamental: ninguna interpretación religiosa puede anular un mandamiento moral claro de la Torá. Por eso cita a Isaías, denunciando una espiritualidad que honra a HaShem con palabras mientras el corazón —la mente y la voluntad— permanece lejos de Él. Cuando afirma que no es lo que entra en la boca lo que contamina al hombre, Yeshúa no está anulando las leyes dietéticas, sino enseñando que la verdadera impureza no proviene de la falta de un rito externo, sino de un corazón no transformado. Los pecados que menciona como fuente de contaminación son transgresiones éticas claras de la Torá que nacen desde el interior de la persona. Este pasaje reafirma que la pureza que HaShem busca no es meramente ritual, sino espiritual y moral. Yeshúa no elimina la obediencia, sino que la profundiza, llamando a una fidelidad que une corazón y acción. La tradición puede ser valiosa, pero siempre debe someterse a la Palabra de HaShem y conducir a una obediencia sincera que refleje un corazón alineado con Él.