EL INICIO DE LA REDENCIÓN
La parashá Shemot inaugura el segundo libro de la Torá, conocido como Éxodo, y marca un cambio significativo en la narrativa bíblica. El surgimiento de Israel como una nación.
Sefer Shemot (Libro de Éxodo): Comienza en la oscuridad, no como Bereshit que abre con creación y luz, sino con nombres que recuerdan una promesa aún no cumplida. Los hijos de Israel están contados, pero no libres; son muchos, pero no son todavía un pueblo consciente de su llamado. El libro no trata principalmente de escapar de Egipto, sino de cómo una identidad nace a través del sufrimiento y de la fidelidad de HaShem al pacto hecho con los padres.
La esclavitud no es presentada solo como opresión política, sino como un proceso de deshumanización progresiva.
El Faraón teme a Israel por su potencial de vida y multiplicación. Por eso decreta primero trabajos forzados y luego la muerte de los niños. Frente a ese intento de anular el futuro, la Torá destaca la valentía silenciosa de las parteras y de mujeres que temen a HaShem. Desde el inicio, la redención se gesta en lo oculto, a través de actos pequeños pero alineados con la voluntad divina.
Moshé surge como una figura paradójica: Moshé un hombre hebreo, criado como egipcio, príncipe que se convierte en pastor, hombre de palabra torpe elegido para transmitir la palabra divina. Su vida refleja una verdad central de Shemot.
HaShem no redime mediante la perfección humana, sino mediante la obediencia humilde: El llamado desde la zarza ardiente no revela un HaShem distante, sino Uno que ve, oye y desciende. El Nombre revelado no define lo que HaShem es, sino cómo Él estará con Su pueblo en el proceso de redención.
Éser Makót (Diez golpes): Las traducciones al griego (Septuaginta) y luego al latín (Vulgata) usaron términos como plēgē y plaga, que sí pueden significar “golpe”, pero en las lenguas modernas quedó fijado el sentido de enfermedad o calamidad natural. Así, “plagas” se volvió una convención pedagógica, no una traducción exacta del concepto hebreo No es falso decir “diez plagas”: describe correctamente que hubo diez actos de juicio. Pero se pierde profundidad:
“plaga” sugiere algo impersonal; “golpe” subraya dirección, propósito y justicia. En el pensamiento hebreo, HaShem golpea un sistema opresor, no “envía desastres al azar”.
Las Makót (plagas) no son meros castigos, sino una confrontación profunda entre dos visiones del mundo. Cada golpe desmantela una estructura de poder egipcia y revela que la creación no pertenece al Faraón. Israel es testigo de que la realidad no está gobernada por el caos ni por la tiranía, sino por la voluntad de HaShem. La liberación no ocurre de forma instantánea porque el corazón humano, tanto el del opresor, como el del oprimido, necesita ser transformado.
Pésaj es el momento donde todo cambia: La sangre en los dinteles no es un acto mágico, sino una declaración de pertenencia. Cada familia decide confiar, obedecer y marcar su casa como territorio de vida. La redención comienza dentro del hogar y se sella con memoria: comer, contar, transmitir. Desde la perspectiva hebrea, la libertad no es olvido del pasado, sino recuerdo redimido.
El cruce del mar de suf: Es descrito como un acto de fe radical. Israel avanza cuando no hay camino visible, y solo después de entrar en el mar se abre la senda. La liberación total exige un paso que parece irracional, pero que separa definitivamente la esclavitud del servicio a HaShem. El canto que sigue no es solo celebración, sino teología: el pueblo confiesa que la fuerza y la victoria pertenecen a HaShem.
El paso por el desierto: El desierto revela que salir de Egipto es más fácil que sacar a Egipto del corazón humano. Las quejas, el miedo y la nostalgia por la esclavitud muestran que la libertad requiere reeducación espiritual. El maná enseña dependencia diaria; el agua de la roca enseña confianza; Amalec enseña que la redención no elimina la lucha, pero sí redefine cómo se pelea: con intercesión y memoria.
En el Sinaí, Israel no recibe una religión nueva, sino una forma de vida. La Torá no es impuesta a esclavos, sino ofrecida a un pueblo libre que acepta voluntariamente el pacto. La revelación no es solo sonido y fuego, sino límites y responsabilidad. El pueblo aprende que la cercanía con HaShem exige santidad, y que la santidad no es aislamiento, sino orden divino en la vida cotidiana.
El pecado del becerro de oro revela una verdad dolorosa: incluso después de la revelación, el ser humano puede preferir un dios visible y manipulable. La respuesta divina no es el abandono, sino la mediación. Moshé se coloca entre HaShem y el pueblo, y la misericordia vence al juicio. Aquí Shemot muestra que el pacto se sostiene no por la perfección del hombre, sino por la compasión divina.
El libro culmina no con una ley, ni con una victoria militar, sino con la construcción del Mishkán. El HaShem que sacó a Israel de Egipto decide habitar en medio de ellos. La gloria desciende, llenando el espacio preparado con obediencia y generosidad. Shemot enseña que la redención no tiene como fin solo la libertad, sino la presencia.
Así, desde la perspectiva hebrea, Shemot es el relato de un HaShem que transforma esclavos en portadores de Su presencia, un pueblo que aprende que la verdadera libertad no es autonomía absoluta, sino vivir alineado con la voluntad divina. No es el fin del camino, sino el nacimiento de una relación viva entre el Creador y Su pueblo, una relación que continúa desarrollándose a lo largo de toda la Torá y de la historia.
HAFTARÁ
La haftará de Shemot (Jeremías 1:1–2:3) se vincula con el inicio del libro de Éxodo porque ambas hablan del comienzo de un proceso de redención. Así como en Shemot Israel entra en una etapa de opresión que dará lugar al éxodo, en Jeremías HaShem llama a un profeta para confrontar el pecado del pueblo y afirmar, al mismo tiempo, Su fidelidad al pacto. Jeremías, hijo de Jilquías (HJilcías), sacerdote de Anatot, recibe la palabra de Hashem en los días del rey Josías. HaShem le revela que su elección es anterior a su nacimiento: antes de formarlo en el vientre ya lo había conocido y santificado como profeta para las naciones. Esto muestra que la misión profética nace del propósito eterno de HaShem. Desde una óptica mesiánica, este principio se cumple plenamente en el Mesías, cuya venida forma parte del plan redentor desde el principio. Ante el llamado, Jeremías se siente incapaz y se declara niño, recordando la objeción de Moshé en Shemot. HaShem le responde que la autoridad no depende de la capacidad humana, sino de la palabra divina. Al poner Sus palabras en la boca del profeta, Hashem lo establece para arrancar y destruir, pero también para edificar y plantar.
Esta escena anticipa al Mesías, que no solo comunica la palabra de Dios, sino que es la Palabra viva y obediente al Padre. Las visiones del almendro y de la olla hirviente anuncian que HaShem vela por el cumplimiento de Su palabra y que el juicio vendrá desde el norte a causa de la infidelidad del pueblo. Sin embargo, este juicio no anula el pacto, sino que actúa como disciplina correctiva con miras a la restauración. Jeremías, rechazado y perseguido, se convierte así en una figura del Mesías sufriente. Finalmente, HaShem recuerda el amor de los comienzos y llama a Israel santo y primicia para Hashem, afirmando que su elección permanece vigente. El Mesías no reemplaza a Israel, sino que confirma su llamado y, por medio de Él, las naciones participan del plan redentor. Así, la haftará presenta a un Dios que llama, corrige y ama con fidelidad eterna.
BRIT HADASHÁ
Cuando Yeshúa dice que en la resurrección “no se casan ni se dan en casamiento”, no está despreciando el matrimonio, sino ubicándolo en su función correcta dentro del plan de HaShem. En la perspectiva hebrea, el matrimonio pertenece al orden de este mundo porque está ligado a la procreación, la herencia y la continuidad del pacto frente a la muerte. Donde no hay muerte, el matrimonio ya no cumple esa función. La resurrección inaugura el Olam HaBa, donde la relación primaria ya no es hombre–mujer, sino HaShem–su pueblo. La intimidad y la fidelidad que el matrimonio representa aquí apuntan proféticamente a una comunión más plena con HaShem, no a una institución eterna en sí misma. Yeshúa no dice que las personas pierdan identidad o afecto, sino que las relaciones son transformadas. El error de los saduceos fue pensar la resurrección como una simple continuación de las estructuras actuales, cuando en realidad es una transformación radical bajo el reinado mesiánico.