LA VIDA EN LA MUERTE
- El misterio de la vida en la muerte: “Jayei Sará”, literalmente: “Las vidas de Sará”. “Y fueron los años de la vida de Sará: ciento años, veinte años y siete años; estos fueron los años de la vida de Sará.” (Bereshit 23:1) Aunque la parashá comienza diciendo “Y fue la vida de Sara…”, inmediatamente se narra su muerte. En la tradición hebrea, esto enseña que la verdadera vida de un tzadik (justo) continúa a través de sus obras, su fe y su legado espiritual. Sara vivió una vida de fe, y su influencia sigue viva en su descendencia.
En el contexto mesiánico, Sara representa el modelo de fe que da nacimiento al linaje de la promesa, del cual vendría el Mashíaj (Gálatas 4:22–31). - Abraham y la compra de la cueva de Majpelá: Abraham insiste en comprar la cueva de Majpelá (en Jebrón) en vez de recibirla como regalo. Esto muestra un principio espiritual clave: La fe no busca lo barato, sino lo que tiene valor eterno. Abraham entiende que la herencia prometida por Elohim debe ser recibida con integridad y propósito. Midrash Bereshit Rabá dice que Abraham vio proféticamente que Adán y Javá estaban sepultados allí. Por eso, Majpelá (מכפלה, “doble”) representa el punto de conexión entre el cielo y la tierra, entre lo temporal y lo eterno.
- El siervo y la búsqueda de la novia para Itzjak: El siervo (tradicionalmente identificado como Eliezer) es enviado a buscar una esposa para Itzjak. Este relato es profundamente mesiánico y simbólico. El siervo ora pidiendo una señal y encuentra a Rivká, quien actúa con generosidad y prontitud. “Entonces ella bajó su cántaro y dijo: Bebe, señor mío… y también sacaré agua para tus camellos.” Bereshit 24:18–19
- Itzjak y Rivká, unión profética: Cuando Rivká ve a Itzjak, desciende del camello, símbolo de humildad y respeto. Itzjak la recibe y la lleva a la tienda de Sara su madre, lo que representa que el legado de Sara continúa en Rivká. “E Itzjak la llevó a la tienda de su madre Sara… y la amó.” Bereshit 24:67. En términos mesiánicos, esto apunta a la restauración de Israel y las naciones en el amor del Hijo, donde la promesa hecha a los padres revive en la nueva generación.
- Abraham y sus últimos días: Abraham se casa con Ketura, y de ella nacen otros hijos. Sin embargo, la promesa sigue a Itzjak. “Abraham dio todo cuanto tenía a Itzjak.” Bereshit 25:5; Esto refleja la verdad del linaje de la promesa, que se cumple finalmente en Yeshúa HaMashíaj, descendiente de Itzjak y portador de la herencia eterna.
- Conexión con el Brit Jadashá: hebreos 11:11–12 destaca la fe de Sara: creyó en el poder de Elohim para cumplir Su palabra. Gálatas 4:26 compara a Sara con la Jerusalén de arriba, madre de todos los creyentes. Así, Jayei Sará nos invita a vivir una fe que trasciende la muerte, una vida de fe activa que deja herencia espiritual en el mundo.
HAFTARÁ
La Haftará abre el libro de Melajim (Reyes), narrando los últimos días del rey David. Anciano y debilitado, David ya no tiene control pleno sobre su reino. Su hijo Adonías intenta usurpar el trono proclamándose rey, sin el consentimiento del profeta Natán ni de David. Ante esto, Bat-Shevá (Betsabé) y Natán intervienen para asegurar que el juramento divino y real, que el sucesor sería Shelomó. El texto culmina con David reafirmando públicamente que Shelomó será su heredero.
- Adonías presume de rey: Adonías, hijo de Haguít se rebeló, “se ensalza a sí mismo” diciendo: “Yo reinaré”. El texto lo describe con los mismos rasgos que Abshalom: belleza, ambición y manipulación. El Tanaj subraya que David nunca lo reprendió, reflejando una debilidad paterna, una constante en la familia de David, que genera caos político. Adonías organiza un banquete real con figuras influyentes (Yoav, el comandante, y el sacerdote Evyatar), excluyendo a los leales a David y a Shelomó.
- Intervención de Natán y Bat-Shevá: El profeta Natán, consciente del juramento de David, actúa con sabiduría política y profética. Él guía a Bat-Shevá a hablar con el rey y luego confirma su testimonio, asegurando que David recuerde su compromiso.
- Reafirmación del juramento: David, al escuchar a Bat-Shevá y a Natán, recobra su fuerza espiritual. Jura por el Nombre de Hashem que Shelomó será rey después de él y se sentará en su trono.
Bat-Shevá se inclina ante David, expresando respeto y reconocimiento por la legitimidad de su autoridad hasta el final. La Haftará refleja el mismo tema que la parashá: la continuidad del pacto a través de la sucesión legítima. La Haftará no solo narra una crisis política, sino una “transición espiritual”. El reino de David, fundado en la fidelidad y la justicia, pasa a su heredero elegido, asegurando la continuidad del plan divino en la historia de Israel. En palabras del Midrash: “Cuando David juró a Bat-Shevá, los cielos se alegraron, porque la verdad volvió a sentarse en el trono.” En la parashá, Abraham asegura la continuidad del linaje mediante el matrimonio de Itzjak y la adquisición de Majpelá. En la Haftará, David asegura la continuidad del reinado davídico a través de Shelomó. Ambos episodios tratan sobre la transmisión de la promesa divina a la siguiente generación. - La haftará nos deja como enseñanza: Fidelidad a la palabra dada: David honra su juramento, recordando que la autoridad solo es legítima cuando está fundada en la verdad y el compromiso. La acción humana dentro del plan divino: Aunque Hashem había designado a Shelomó, sin la intervención de Natán y Bat-Shevá la promesa se habría puesto en riesgo. Esto refleja el equilibrio hebreo entre la providencia divina (hashgajá) y la responsabilidad humana. El liderazgo requiere humildad: Adoniás, al proclamarse rey sin consulta, representa la arrogancia del poder; Shelomó, que no busca el trono, representa el liderazgo elegido por Dios. La continuidad del pacto davídico: Este episodio es el cimiento de la promesa mesiánica. De Shelomó nacerá la línea de reyes de Judá, hasta el Mashíaj.
BRIT HADASHÁ
Yeshúa sigue enseñando a sus discípulos y a la gente sobre lo que realmente importa para agradar a HaShem.
- El corazón es lo importante: Algunos fariseos critican a los discípulos porque no se lavan las manos siguiendo las tradiciones de los ancianos. Pero Yeshúa les explica que lo que contamina a una persona no es lo que entra por la boca, sino lo que sale del corazón, como las malas palabras, los malos pensamientos o la falta de amor. Dios quiere un corazón limpio, no solo manos limpias. Las tradiciones son buenas si no reemplazan los mandamientos de Dios.
- La mujer sirofenicia: Una mujer no judía pide a Yeshúa que sane a su hija. Él prueba su fe, y ella responde con humildad. Yeshúa ve su fe y sana a la niña. El amor y el poder de Yeshúa son para todos los pueblos, no solo para Israel, pero Israel es la primera en recibir la promesa.
- Alimenta a cuatro mil: Yeshúa multiplica el pan y los peces otra vez, mostrando compasión por la gente que le sigue. Yeshúa es el Pan de Vida, el que nos da lo que necesitamos cuando confiamos en Él.
- ¿Quién dicen que soy?: Pedro reconoce: “Tú eres el Mashíaj (Mesías)”. Pero Yeshúa explica que el Mesías debía sufrir y morir antes de reinar. Seguir a Yeshúa significa confiar en Él incluso cuando no entendemos todo; a veces seguirlo requiere sacrificio.
- La Transfiguración: Yeshúa sube a un monte con Pedro, Jacobo y Juan, y su rostro brilla como el sol. Aparecen Moisés y Elías hablando con Él. Yeshúa es la luz divina prometida en la Torá y los profetas. Moisés representa la Ley, Elías los Profetas, y ambos reconocen a Yeshúa como el cumplimiento del plan de Dios.