LA OBEDIENCIA
“Ekev” significa “porque”, “como consecuencia” o “a causa de”, pero también “talón”. Rashi explica que esto alude a las mitzvot que a menudo se consideran pequeñas y se “pisotean”, como si no tuvieran importancia. Sin embargo, la Torá enseña que no hay mitzvá sin valor: cada acción, por más sencilla, tiene un peso espiritual eterno. Moshé continúa su discurso al pueblo de Israel, recordándoles que la bendición en la Tierra Prometida dependerá de su fidelidad a todos los preceptos, incluidos los aparentemente menores. Si cumplen la Torá, serán prósperos y vivirán en una tierra fértil y bendecida.
La parashá repasa momentos claves del desierto: el maná como símbolo de humildad y dependencia de Hashem; el pecado del becerro de oro y otras rebeliones; y la intercesión de Moshé como expresión de liderazgo y compasión. También recuerda que los 40 años en el desierto fueron una enseñanza: “el hombre no vive solo de pan, sino de la palabra de Hashem”. Moshé advierte sobre el peligro del orgullo: al alcanzar el éxito, el ser humano puede pensar que es autosuficiente. Pero todo lo que tenemos proviene de Hashem. Ramban enseña que las bendiciones no son automáticas, sino resultado de un pacto: si el pueblo se alinea con la Torá, se conecta con la fuente del bien. También aparece el segundo párrafo del Shemá, que refuerza la conexión entre cumplir los preceptos y recibir recompensa, o enfrentarse a consecuencias si se los descuida. La emuná (fe) no es algo teórico: se vive en los actos, en la palabra diaria, y en símbolos como los tefilín y la mezuzá, que mantienen viva la conciencia de Hashem.
Reflexión: No hay mitzvá pequeña. La grandeza espiritual se construye con acciones discretas y constantes. Cada persona debe elevar su nivel espiritual hasta que lo difícil se vuelva natural. El éxito debe ser recibido con humildad y gratitud, reconociendo que todo proviene de Hashem. La fe verdadera se transmite a través de la vida diaria, con integridad, memoria y compromiso.
HAFTARÁ
En esta haftará, parte de las “Shivá Denejematá” (las siete haftarot de consuelo tras Tishá BeAv), el profeta Isaías transmite el amor eterno de Hashem por Israel. Aunque Tzión dice: “Hashem me ha abandonado”, el Creador responde que su vínculo con el pueblo es más profundo que el de una madre con su hijo. Hashem promete reunir a los exiliados, reconstruir las ruinas y convertir la desolación en alegría. Los enemigos de Israel desaparecerán, y los hijos del exilio retornarán con honor. El pueblo es llamado a confiar en la justicia y salvación divina. La haftará concluye con la imagen de una Jerusalén restaurada y una Tierra de Israel floreciente, como recompensa por la fidelidad y el despertar espiritual del pueblo. El mensaje central es claro: Hashem no olvida a Su pueblo, y la redención llegará con certeza.
Reflexión: La haftará nos enseña que, incluso en los momentos de mayor oscuridad o exilio, Hashem nunca abandona a Su pueblo. Su amor es constante, más profundo que el de una madre por su hijo. Aunque parezca que todo está perdido, la redención y la restauración siempre están en camino. Nuestra tarea es no perder la fe, recordar quiénes somos y confiar en que Hashem cumple Sus promesas.
BRIT HADASHÁ
El pasaje exhorta a los creyentes a dejar atrás todo tipo de malos comportamientos, como la malicia, el engaño, la hipocresía, la envidia y la calumnia y a anhelar, como niños recién nacidos, la leche espiritual pura que nutre el crecimiento en la fe. Posteriormente, Pedro describe a los creyentes como “piedras vivas” que forman un templo espiritual, cuya piedra angular es Yeshúa mismo. Los creyentes son llamados “linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido por Elohim”, con el propósito de proclamar las virtudes de Aquel que los llamó de las tinieblas a su luz admirable. Además, se les anima a vivir como extranjeros y peregrinos en este mundo, absteniéndose de los deseos carnales y manteniendo una conducta ejemplar entre los no creyentes. Pedro también aborda la importancia de la sumisión a las autoridades y resalta el valor del sufrimiento injusto como una forma de seguir el ejemplo de Yeshúa, quien padeció sin responder con mal, confiando plenamente en Elohim.
- “Piedras vivas” (v. 5): Esta imagen evoca el templo de la Torá, construido con piedras físicas. Ahora, Pedro presenta un templo espiritual edificado por creyentes, cada uno con un papel vital en el Reino de Elohim.
- “Piedra angular” (vv. 6–8): Yeshúa es la piedra que fue rechazada por los líderes religiosos, pero que Elohim escogió como fundamento. Su papel central en la fe cristiana es innegociable: quienes creen en Él no serán avergonzados; quienes lo rechazan, tropiezan en su incredulidad.
- “Nación santa / real sacerdocio” (v. 9): Esta expresión, originalmente dirigida a Israel en Éxodo 19:6, ahora se aplica a todos los creyentes en Yeshúa, quienes forman un nuevo pueblo apartado para Elohim.
- Llamado a la santidad (vv. 1–3): Pedro insta a una transformación interna que se evidencie en las relaciones personales. La vida cristiana implica abandonar actitudes tóxicas y buscar el crecimiento espiritual constante.
- Identidad en Yeshúa (v. 9): Reconocer quiénes somos en Elohim, su pueblo escogido, sacerdocio real, nos otorga propósito y dirección. Nuestra misión es anunciar a Aquel que nos rescató de las tinieblas.