Comunidad Shalom Ubrajot (C.S.U)

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1 MACABEOS 1:41-43
La amenaza de la Luz
Hubo un tiempo en que la fe del pueblo fue prohibida y la esperanza parecía apagarse.

CUANDO LA OSCURIDAD PARECÍA INVENCIBLE

El mundo contuvo la respiración cuando Alejandro Magno murió. No cayó en batalla ni fue derrotado por un ejército enemigo. Simplemente murió, joven, invicto… y sin sucesor. Con él no solo se apagó una vida, sino el frágil equilibrio de un imperio que se extendía como una sombra gigantesca sobre las naciones. Sus generales se reunieron. No para llorar, sino para repartir el mundo.

El imperio fue dividido en cuatro grandes reinos (Daniel 8:8). Israel —una tierra pequeña, pero estratégicamente ubicada— quedó atrapada entre gigantes. Primero bajo los ptolomeos de Egipto. Luego, tras guerras sangrientas, pasó a manos del imperio seléucida. Al principio, la dominación era política. Pero pronto se volvió algo más peligroso: una guerra contra la identidad.

Antíoco IV Epífanes no se veía a sí mismo solo como rey. Se proclamó Epífanes, “manifestación de dios”. Exigía lealtad absoluta, no solo en impuestos, sino en adoración. Lo que siguió fue una pesadilla:

“El rey promulgó decretos para que todos los pueblos se hicieran un solo pueblo y abandonaran sus leyes”

La Torá fue prohibida. Los rollos fueron quemados. La circuncisión castigada con la muerte. Y el golpe final:

“Erigieron sobre el altar un objeto abominable y sacrificaron allí lo que la Torá prohíbe”

El Templo de Jerusalén, el lugar donde el Nombre de Hashem había hecho habitar Su gloria, fue profanado. El silencio se apoderó del santuario. Para muchos, parecía el fin irrevocable del pueblo, su cultura, su tradición y las enseñanzas que les había dado Dios. Sin embargo, en un pequeño pueblo llamado Modiín, lejos de palacios y ejércitos, vivía un anciano sacerdote: Matatías ben Yojanán. Cuando los oficiales del rey exigieron que ofreciera sacrificios paganos, Matatías vio cómo otro judío se adelantaba para obedecer. Ese fue el límite.

“Ardió en celo, y mató al hombre sobre el altar… y gritó: ‘¡Todo el que tenga celo por la Torá, que me siga!’”

Ese grito resonó en los montes de Judea. No fue una rebelión organizada. Fue una explosión de fidelidad Matatías huyó a las montañas con sus hijos. Entre ellos estaba Yehudá, quien pronto tomaría el liderazgo. El anciano moriría poco después, pero antes dejó una advertencia clara:

“No teman las palabras del pecador, porque su gloria se convertirá en estiércol”

Yehudá no heredó un ejército. Heredó una misión imposible. Los seléucidas enviaron tropas entrenadas, armadas y numerosas. Yehudá reunió campesinos, jóvenes, hombres sin experiencia militar. La desproporción era absurda. Pero antes de la batalla, Yehudá habló:

“La victoria no depende del número del ejército, sino de la fuerza que viene del cielo”

Las batallas fueron feroces. Emboscadas nocturnas. Marchas agotadoras. Momentos donde la derrota parecía inevitable. En Emaús, los griegos estaban seguros de su victoria. Tenían ventaja numérica, armamento superior y confianza total. Pero Yehudá oró. Atacó cuando nadie lo esperaba. Y venció.

“Cayeron muchos heridos, y los restantes huyeron”

Batalla tras batalla, el mito de la invencibilidad griega comenzó a resquebrajarse. Cuando los macabeos entraron a Jerusalén, no celebraron. Lloraron.

“Vieron el santuario desolado, el altar profanado… y rasgaron sus vestidos”

Había que decidir: rendirse al dolor o rededicar. Eligieron lo segundo. Derribaron el altar profanado. Construyeron uno nuevo. Buscaron aceite puro… y hallaron solo una vasija sellada por el sumo sacerdote. Humanamente insuficiente. La encendieron. No porque hubiera garantía. Sino porque la obediencia precede al milagro. Durante ocho días celebraron la dedicación del Templo:

“Con gozo y alabanzas… y establecieron que se celebrara cada año”

Janucá no celebra poder militar. Celebra fidelidad en minoría. No exalta espadas, sino luz. Y esa luz no se apagó con el tiempo. Siglos después, en la misma tierra, otro Yehudí caminó entre su pueblo y declaró:

“La luz brilla en las tinieblas, y las tinieblas no la vencieron”

Yeshúa no lideró ejércitos. No tomó Jerusalén con armas. Pero enfrentó una opresión más profunda: el pecado, la muerte, la desesperanza. Como los macabeos, fue subestimado. Como ellos, parecía débil frente al imperio. Y como ellos, venció. Janucá nos recuerda que Hashem actúa cuando Su pueblo decide no rendirse. Y que la luz del Mesías sigue encendiéndose, incluso cuando el aceite parece no alcanzar.

Hoy, como entonces, no se nos pide ser mayoría. Se nos pide ser fieles. Porque cuando el pueblo camina en la luz de Hashem, un pequeño resplandor puede cambiar la historia.

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Bendiciones para Janucá

  • Todas las noches

    Lehadlik Ner

    בָּרוּךְ אַתָּה ה' אֱלֹהֵינוּ מֶלֶךְ הָעוֹלָם, אֲשֶׁר קִדְּשָׁנוּ בִּמְצִוֹתָיו וְצִוָּנוּ לַהֲדְלִיק נֵר שֶׁל חֲנֻכָּה

    Baruj Atá Adonai, Eloheinu Mélej HaOlam, asher kid'shanu b'mitzvotav v'tzivanu lehadlik ner shel Janucá.


    Bendito eres Tú, Señor nuestro Dios, Rey del universo, que nos santificaste con Tus mandamientos y nos ordenaste encender las luces de Janucá.
  • Todas las noches

    Al Hanisim

    בָּרוּךְ אַתָּה ה' אֱלֹהֵינוּ מֶלֶךְ הָעוֹלָם, שֶׁעָשָׂה נִסִּים לַאֲבוֹתֵינוּ בַּיָּמִים הָהֵם בַּזְּמַן הַזֶּה

    Baruj Atá Adonai, Eloheinu Mélej HaOlam, sheasá nisim la’avotenu bayamim hahem bazman hazé.


    Bendito eres Tú, Señor nuestro Dios, Rey del universo, que hiciste milagros a nuestros antepasados en esos días y en este tiempo.
  • Solo la 1ª Noche

    Shehejeianu

    בָּרוּךְ אַתָּה ה' אֱלֹהֵינוּ מֶלֶךְ הָעוֹלָם, שֶׁהֶחֱיָנוּ וְקִיְּמָנוּ וְהִגִּיעָנוּ לַזְּמַן הַזֶּה

    Baruj Atá Adonai, Eloheinu Mélej HaOlam, shehejeianu, vekiimanu, vehiguianu lazman hazé.

    Bendito eres Tú, Señor nuestro Dios, Rey del universo, que nos has dado vida, nos has sostenido y nos has permitido llegar a este momento.

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בָּרוּךְ אַתָּה יְהֹוָה אֱלֹהֵֽינוּ מֶֽלֶךְ הָעוֹלָם אֲשֶׁר קִדְּ֒שָֽׁנוּ בְּמִצְוֹתָיו וְצִוָּֽנוּ עַל סְפִירַת הָעֹֽמֶר
Baruj Atá Adonai, Elohenu Melej haOlam, asher kidshanú, bemitzvotav vetzivanu al Sefirat haOmer.
Bendito eres Tú, D~os nuestro, Soberano del universo, que nos ha santificado con su mandamientos y nos ordenaste el conteo del Omer.
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