EL NACIMIENTO DE DOS NACIONES
Una parashá intensamente dramática, cargada de conflictos familiares, identidad, bendiciones y decisiones que afectan generaciones. Aunque muchas veces se la ve como la “historia de Yaakov y Esav”, es mucho más que eso, es una oportunidad para explorar cómo nos definimos, cómo tomamos decisiones éticas en situaciones complejas, y cómo se transmite una misión espiritual a través del tiempo.
- Itzjak y Rivká: Después de que Avraham e Itzjak vivieran la prueba del Monte Moriá, la Torá nos cuenta la historia de Itzjak y su esposa Rivká. Ellos estuvieron muchos años sin poder tener hijos, y ambos rezaron a Hashem. Hashem escuchó sus tefilot, y Rivká quedó embarazada… ¡pero algo raro pasaba!
- Los mellizos que luchaban en la panza: Rivká sentía que los bebés se movían y peleaban dentro de su vientre. Fue a preguntar a Hashem, y Él le dijo: “Dos naciones hay en tu vientre, y dos pueblos se separarán de ti. Uno será más fuerte que el otro, y el mayor servirá al menor.” (Bereshit 25:23) Así nacieron los mellizos: Esaú: el primero, pelirrojo, fuerte, cazador, muy activo. Yaakov: el segundo, tranquilo, estudioso, que prefería estar en las tiendas aprendiendo Torá.
- El guiso de lentejas: Un día, Esaú volvió del campo muy cansado y hambriento. Yaakov estaba cocinando guiso de lentejas rojas, y Esaú le pidió un plato. Yaakov le dijo: “Te lo doy si me vendes tu primogenitura” (el derecho de ser el primero y recibir la bendición especial de la familia). Esaú respondió: “¿Para qué me sirve eso si estoy por morir de hambre?” Y así, vendió su primogenitura por un plato de comida. (No debemos cambiar cosas importantes y sagradas por algo que solo nos da placer por un momento).
- La bendición de Itzjak: Ya mayor, Itzjak se había quedado ciego. Quiso bendecir a su hijo mayor, Esaú, antes de morir. Rivká escuchó y le dijo a Yaakov que se vistiera con la ropa de Esaú y se pusiera piel de cabrito en los brazos (para parecer peludo como su hermano). Yaakov llevó la comida a su padre y recibió la bendición de abundancia y poder. Cuando Esaú llegó, se dio cuenta de que su hermano ya había sido bendecido. Estaba muy enojado y juró vengarse. (Hashem dirige todo lo que sucede. A veces parece confuso, pero cada cosa tiene un propósito en Su plan).
- Yaakov debe irse: Rivká le dijo a Yaakov que huyera a la casa de su tío Laván, en Jarán, para escapar del enojo de Esaú y también para buscar esposa de su propia familia. Itzjak lo bendijo nuevamente y le dijo: “Que Hashem te bendiga y te haga crecer, y te dé la bendición de Avraham.” Así comenzó el viaje de Yaakov, el futuro padre de las doce tribus de Israel.
- Reflexión sobre la Parashá Toldot – Reflexión interior (hacia adentro): La Parashá nos invita a mirar dentro de nosotros mismos y descubrir que, como Yaakov y Esaú, también tenemos dos fuerzas que luchan en nuestro interior: una que busca lo espiritual, lo eterno, y otra que se deja llevar por lo inmediato y material. No se trata de eliminar una y quedarse solo con la otra, sino de aprender a guiarlas, equilibrarlas y darles un propósito. El verdadero crecimiento espiritual ocurre cuando el “Yaakov” interno —la voz de la conciencia, la calma, la búsqueda de verdad, logra conducir al “Esaú” interno, la energía, la acción, la pasión, hacia el bien.
- Reflexión exterior (hacia el mundo): En el plano exterior, Toldot enseña que las bendiciones se heredan, pero también se construyen. Itzjak, Yaakov y Esaú representan generaciones que deben aprender que el destino no se recibe pasivamente: se elige, se trabaja, se protege. Cada acción, cada palabra, cada elección deja una huella en la historia que continúa más allá de nosotros. Así, Toldot nos recuerda que somos parte de una cadena, y que cada generación debe renovar el pacto con Dios, no solo repetirlo. Nuestra tarea es continuar la historia de Avraham, pero escribiendo nuestro propio capítulo.
HAFTARÁ
La Haftará Toldot es un espejo: nos recuerda que el amor de Hashem hacia Yaakov no es un privilegio garantizado, sino una invitación constante a mantener viva la fidelidad.
Cada generación y cada creyente, debe responder a la pregunta del profeta: ¿En qué nos has amado?, con la respuesta práctica: En que seguimos siendo llamados a Su servicio.
La voz profética de la elección y la responsabilidad: Malají (Mi mensajero) es el último profeta del Tanaj, activo en los días posteriores a la reconstrucción del Segundo Templo. El pueblo ya ha regresado del exilio, pero la fe se ha enfriado: los sacrificios se hacen sin corazón, los sacerdotes se han vuelto rutinarios, y la elección divina parece olvidada. El profeta habla en nombre de Hashem para despertar la conciencia espiritual del pueblo. El profeta retoma la historia de Yaakov y Esaú para decir: “Ustedes son los hijos de Yaakov, elegidos no para sentirse superiores, sino para representar a Dios con pureza.”
Crítica a los kohanim: Malají acusa a los sacerdotes de haber profanado su rol: “Vosotros ofrecéis pan inmundo sobre Mi altar…” (1:7) “Porque los labios del sacerdote deben guardar conocimiento, y de su boca se buscará Torá; porque él es mensajero (malaj) de Hashem Tzevaot.” (2:7). Esto es un llamado a los líderes espirituales y también a cada creyente. No basta con saber Torá; hay que vivirla con kavaná (intención pura). El conocimiento sin integridad se vuelve rutina vacía. El sacerdote debía ser un malaj Hashem (mensajero de Dios), no solo un funcionario del Templo.
BRIT HADASHÁ
Por la confianza Yitzjak, en su bendición sobre Yaakov y Esav hizo referencia a los eventos por venir. Por la confianza Yaakov, cuando estaba muriendo, bendijo a cada uno de los hijos de Yosef, y apoyándose en su bastón se inclinó reverentemente en oración. Por la confianza Yosef, cerca del término de su vida, se recordó del éxodo del pueblo de Israel, y dio instrucciones sobre qué hacer con sus huesos.
La Emuná de los patriarcas: “fe” (emuná) no significa simple creencia intelectual, sino fidelidad, confianza activa en la palabra de Hashem. Emuná comparte raíz con ne’eman (ser firme, constante). Así, hebreos 11 no habla de “creer en algo”, sino de vivir con fidelidad a lo que Dios prometió, incluso sin verlo aún realizado. Estos versículos celebran tres generaciones de patriarcas que heredan y transmiten la promesa mesiánica, incluso cuando aún no se ha cumplido visiblemente.